Pablo Mayer

Pablo Mayer

Artes Visuales / Escuela de Artes Visuales

la sensibilidad como método

Formado como artista visual en la Pontificia Universidad Católica de Chile, Pablo Mayer inició sus estudios en la Universidad Católica de Temuco, para luego especializarse en pintura en Santiago. Desde 1993 es académico de la Escuela de Artes Visuales de la Universidad Finis Terrae, institución que dirige desde fines de los años noventa.

Nacido en Temuco en una familia de comerciantes y formada en un entorno liberal, Pablo Mayer recuerda con nitidez los objetos que marcaron su infancia: lápices, cintas, calcos, herramientas del taller de su abuelo. “Había mucha libertad en mi casa”, dice. Su interés por el dibujo surgió temprano, al punto de hacer los trabajos escolares de sus compañeros. A ese impulso manual se sumaba una fuerte sensibilidad por el entorno, que reconoce como base de su trabajo actual.

En 1987 ingresó a la carrera de Arte en la Universidad Católica de Temuco, luego de un accidente automovilístico que marcó un punto de inflexión. Cursó tres años de formación general —pintura, escultura, grabado— antes de postular a la licenciatura en la Pontificia Universidad Católica en Santiago, donde fue aceptado junto a otros cinco postulantes. “Aproveché al máximo esos años: tomé todos los ramos que pude, con profesores distintos cada semestre. Me comprometí conmigo mismo”, recuerda.

El cambio de paisaje fue rotundo: de la geografía verde del sur a la ciudad gris de Santiago. Esa distancia influyó también en su mirada. Mientras sus compañeros trabajaban desde el realismo urbano, Mayer comenzó a vincularse con otros sentidos. Se alejaba de lo representacional para acceder a nuevas materialidades. “La investigación-creación comenzó ahí: formas nacidas desde el tacto, desde lo que no pasa por la vista”, explica. Ese gesto fundacional, que traslada la percepción hacia lo sensorial, se convirtió con el tiempo en su modo de enseñar pintura: invitar a los estudiantes a observar desde otra perspectiva.

Su educación básica la realizó en la Escuela Pública 160 de Temuco, donde compartió con estudiantes mapuche. De allí proviene una visión que hasta hoy sostiene: “El respeto no viene con el envase, se gana. Yo creo en el ecosistema, donde todos somos parte”. Esa forma de entender el mundo —horizontal, interrelacional— también se ha expresado en su obra más reciente, donde lo terrenal y lo espiritual conviven. “Me interesa estar en esa línea sensible donde eres arriba y abajo al mismo tiempo. El bote flota y se hunde. El yin es el yang. No hay separación”, afirma.

En 1992, al egresar de la licenciatura, representó a la PUC en un concurso nacional de pintura convocado por la Librería Nacional y Talens. Obtuvo el primer lugar y fue becado para viajar a Holanda. Llevó una obra elaborada con tierra de hoja y cáñamo. Permaneció cuatro meses en Europa. Ese mismo año nació la Escuela de Artes Visuales de la Universidad Finis Terrae, en la que Mayer ingresó como ayudante de la artista Patricia Israel. “Ella fue una madre putativa para mí. Aprendí mucho trabajando en sus obras”.

En 1993 comenzó a hacer clases de pintura con modelo vivo. Aunque no tenía un interés pedagógico inicial, fue encontrando en la docencia un lugar de transmisión. “No creo en una enseñanza del arte centrada solo en la teoría. Para enseñar arte se necesita una planta activa de artistas. Ninguno de nosotros es solamente profesor: somos artistas que enseñan desde la práctica”.

A fines de los noventa, el entonces decano Mario Toral lo integró a un curso complejo. Buscaban a alguien que supiera dibujo y tuviera una personalidad capaz de sostener el aula. La experiencia funcionó. En 1998, la directora María Elena Duvauchelle propuso su nombramiento como subdirector de la escuela. Más tarde asumió la dirección interina mientras la profesora Neni Muñoz enfrentaba una enfermedad. Su permanencia fue confirmada por la decana Teresa Gacitúa, y desde entonces ha liderado la escuela.

Su enfoque se sostiene en tres principios: honestidad, respeto y pluralismo. “Dar confianza a los estudiantes es esencial. No todos responden igual. El ser humano es complejo, y la autoridad no siempre permite un diálogo fluido”, señala. Esa mirada, que prioriza la autonomía y el vínculo humano, también se expresa en el ambiente académico: “Son buenos estudiantes. No buscan solo lo académico. Me emociono con ellos”.

Entre las muchas historias que ha vivido en tres décadas de docencia, Mayer destaca la que dio origen a la colección de arte de la Universidad Finis Terrae, nacida de un salón de alumnos. Para él, ese gesto resume el carácter de la escuela: un espacio donde el vínculo entre creación, pensamiento y comunidad es constante. Ese ha sido, en sus palabras, el sello de su dirección.

Frase destacada

Dar confianza a los estudiantes es esencial. No todos responden igual. El ser humano es complejo, y la autoridad no siempre permite un diálogo fluido

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